EMBAJADA DE ESTADOS UNIDOS DE AMÉRICA

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100 años del voto femenino

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“Los hombres, sus derechos y nada más; las mujeres, sus derechos, y nada menos”.

~ Susan B. Anthony ~ 
Activista de los derechos de las mujeres estadounidenses

Descubre como lo hicieron

LOS INICIOS

Inicios del feminismo
A fines del siglo XIX y principios del siglo XX, las feministas estadounidenses iniciaron una activa campaña por la consecución del sufragio.
1700
Nueva York
La primera convención sobre los derechos de la mujer tuvo lugar en la capilla Wesleyan en Seneca Falls, Nueva York, un 19 de Julio de 1848.
1848
De aquel encuentro nació “La Declaración de Sentimientos”, cuyo texto recoge todas las restricciones que las mujeres sufrían, incluyendo su impedimento al derecho a elegir sus representantes mediante el voto.

La Declaración de sentimientos
En este documento se expresa por primera vez lo que se podría denominar una "filosofía feminista de la historia". Una filosofía que denunciaba las vejaciones que a lo largo de la historia había sufrido la mujer.
1848

– Declaración de Sentimientos –

Los Derechos de la Mujer
En la sesión de la mañana del segundo día de la Primera Convención sobre los Derechos de la Mujer, 68 mujeres y 32 hombres firmaron la Declaración de Sentimientos ratificando textualmente: "Confiando firmemente en el triunfo final de lo Correcto y lo Verdadero, este día colocamos nuestras firmas en esta declaración”.
Apoyo a la lucha
Finalmente, en 1919, el presidente de los Estados Unidos, Thomas Woodrow Wilson, anunció personalmente su apoyo al sufragio femenino.
En 1920, quedaba aprobada la Decimonovena Enmienda a la Constitución que otorgaba el derecho de voto a las mujeres.
1920
Ninguna de las pioneras “Sufragistas” vivió hasta 1920, año en el que las mujeres adquirieron el derecho más básico de la democracia: el voto.
1920

CONTINUAR CON LA SIGUIENTE SECCIÓN:

DECLARACIÓN DE SENTIMIENTOS

Cuando, en el curso de los acontecimientos humanos, se hace necesario que una parte de la familia del hombre asuma entre la gente de la tierra una posición diferente de la que han ocupado hasta ahora, pero una en la que las leyes de la naturaleza y de la naturaleza Dios les da derecho, un respeto decente a las opiniones de la humanidad requiere que declaren las causas que los impulsan a tal curso.

Sostenemos que estas verdades son evidentes por sí mismas; que todos los hombres y mujeres son creados iguales; que su Creador les otorga ciertos derechos inalienables; que entre estos están la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad; que para garantizar estos derechos se instituyen gobiernos, derivando sus poderes justos del consentimiento de los gobernados. Cada vez que cualquier forma de gobierno se vuelve destructiva para estos fines, es derecho de quienes la padecen rechazar su lealtad e insistir en la institución de un nuevo gobierno, que se base en tales principios y organice sus poderes en tal forma en cuanto a ellos parecerá más probable que afecte su seguridad y felicidad. La prudencia, de hecho, dictará que los gobiernos establecidos desde hace mucho tiempo no deben cambiarse por causas ligeras y transitorias; y en consecuencia, toda experiencia ha demostrado que la humanidad está más dispuesta a sufrir, mientras que los males son sufribles, en lugar de enderezarse, aboliendo las formas a las que están acostumbrados. Pero cuando una larga serie de abusos y usurpaciones, que persigue invariablemente el mismo objeto, evidencia un diseño para reducirlos bajo el despotismo absoluto, es su deber expulsar a dicho gobierno y proporcionar nuevos guardias para su seguridad futura. Tal ha sido la paciente paciencia de las mujeres bajo este gobierno, y tal es ahora la necesidad que las obliga a exigir la estación igual a la que tienen derecho.
La historia de la humanidad es una historia de repetidas heridas y usurpaciones por parte del hombre hacia la mujer, que tiene como objeto directo el establecimiento de una tiranía absoluta sobre ella. Para probar esto, deje que los hechos se presenten a un mundo sincero.

Nunca le ha permitido ejercer su derecho inalienable a la franquicia electiva.

Él la ha obligado a someterse a las leyes, en cuya formación ella no tenía voz.

Él ha retenido sus derechos que se otorgan a los hombres más ignorantes y degradados, tanto nativos como extranjeros.

Después de haberla privado de este primer derecho de ciudadano, la franquicia electiva, dejándola sin representación en los pasillos de la legislación, la ha oprimido por todos lados.

Él la ha convertido, si está casada, a los ojos de la ley, civilmente muerta.

Le ha quitado todos los derechos de propiedad, incluso el salario que gana.

Él la ha convertido, moralmente, en un ser irresponsable, ya que puede cometer muchos crímenes, con impunidad, siempre que se cometan en presencia de su esposo. En el pacto del matrimonio, ella se ve obligada a prometer obediencia a su esposo, convirtiéndose, a todos los efectos, en su amo, la ley que le da poder para privarla de su libertad y administrar el castigo.

Él ha enmarcado las leyes del divorcio, en cuanto a cuáles serán las causas apropiadas del divorcio; en caso de separación, a quien se le otorgará la custodia de los hijos, para que sea totalmente independiente de la felicidad de las mujeres: la ley, en todos los casos, adopta la falsa suposición de la supremacía del hombre y otorga todo el poder a sus manos.

Después de privarla de todos los derechos como mujer casada, si es soltera y propietaria de una propiedad, la ha impuesto para apoyar a un gobierno que la reconoce solo cuando su propiedad puede ser rentable.

Él ha monopolizado casi todos los empleos rentables, y de aquellos a quienes se le permite seguir, ella recibe una escasa remuneración.

Él cierra contra ella todos los caminos hacia la riqueza y la distinción, que considera más honorable para él. Como profesora de teología, medicina o derecho, no se la conoce.

Él le ha negado las instalaciones para obtener una educación exhaustiva: todas las universidades están cerradas en su contra.

Él la permite tanto en la Iglesia como en el Estado, pero en una posición subordinada, reclamando autoridad apostólica para su exclusión del ministerio, y con algunas excepciones, de cualquier participación pública en los asuntos de la Iglesia.

Ha creado un falso sentimiento público, al darle al mundo un código moral diferente para hombres y mujeres, mediante el cual las delincuentes morales que excluyen a las mujeres de la sociedad, no sólo son toleradas sino consideradas de poca importancia en el hombre.

Él ha usurpado la prerrogativa de Jehová mismo, alegando que es su derecho asignarle una esfera de acción, cuando eso pertenece a su conciencia y a su Dios.

Él se ha esforzado, de todas las formas posibles para destruir su confianza en sus propios poderes, para disminuir su autoestima y hacer que esté dispuesta a llevar una vida dependiente y abyecta.

Ahora, en vista de esta privación total de la mitad de la gente de este país, su degradación social y religiosa, en vista de las leyes injustas mencionadas anteriormente, y porque las mujeres se sienten agraviadas, oprimidas y privadas de su fraude. derechos sagrados, insistimos en que tengan acceso inmediato a todos los derechos y privilegios que les pertenecen como ciudadanos de estos Estados Unidos.

Al entrar en el gran trabajo que tenemos ante nosotros, anticipamos no poca cantidad de ideas falsas, tergiversaciones y burlas; pero usaremos cada instrumento dentro de nuestro poder para efectuar nuestro objeto. Emplearemos agentes, circulará tratados, solicitaremos a las legislaturas estatales y nacionales, y nos esforzamos por alistar el púlpito y la prensa en nuestro nombre. Esperamos que a esta Convención le sigan una serie de convenios que abarquen todas las partes del país.

Confiando firmemente en el triunfo final de lo Correcto y lo Verdadero, hoy en día colocamos nuestras firmas en esta declaración.

Lucretia Mott
Harriet Cady Eaton
Margaret Pryor
Elizabeth Cady Stanton
Eunice Newton Foote
Mary Ann M’Clintock
Margaret Schooley
Martha C. Wright
Jane C. Hunt
Amy Post
Catharine F. Stebbins
Mary Ann Frink
Lydia Mount
Delia Mathews
Catharine C. Paine
Elizabeth W. M’Clintock
Malvina Seymour
Phebe Mosher
Catharine Shaw
Deborah Scott
Sarah Hallowell
Mary M’Clintock
Mary Gilbert
Sophrone Taylor
Cynthia Davis
Hannah Plant
Lucy Jones
Sarah Whitney
Mary H. Hallowell
Elizabeth Conklin
Sally Pitcher
Mary Conklin
Susan Quinn
Mary S. Mirror
Phebe King
Julia Ann Drake
Charlotte Woodward
Martha Underhill
Dorothy Mathews
Eunice Barker
Sarah R. Woods
Lydia Gild
Sarah Hoffman
Elizabeth Leslie
Martha Ridley
Rachel D. Bonnel
Betsey Tewksbury
Rhoda Palmer
Margaret Jenkins
Cynthia Fuller
Mary Martin
P. A. Culvert
Susan R. Doty
Rebecca Race
Sarah A. Mosher
Mary E. Vail
Lucy Spalding
Lavinia Latham
Sarah Smith
Eliza Martin
Maria E. Wilbur
Elizabeth D. Smith
Caroline Barker
Ann Porter
Experience Gibbs
Antoinette E. Segur
Hannah J. Latham
Sarah Sisson

Los siguientes son los nombres de los señores presentes a favor del movimiento:

Richard P. Hunt
Samuel D. Tillman
Justin Williams
Elisha Foote
Frederick Douglass
Henry Seymour
Henry W. Seymour
David Spalding
William G. Barker
Elias J. Doty
John Jones
William S. Dell
James Mott
William Burroughs
Robert Smallbridge
Jacob Mathews
Charles L. Hoskins
Thomas M’Clintock
Saron Phillips
Jacob P. Chamberlain
Jonathan Metcalf
Nathan J. Milliken
S.E. Woodworth
Edward F. Underhill
George W. Pryor
Joel D. Bunker
Isaac Van Tassel
Thomas Dell
E. W. Capron
Stephen Shear
Henry Hatley
Azaliah Schooley